Salir
de un ambiente frío y entrar a otro cuya
temperatura oscila entre 45 y 80 grados, es una
verdadera recompensa para el organismo, principalmente
en estos meses. En el sauna, húmedo o seco,
el choque de temperatura lleva a un delicioso
relajamiento del cuerpo y la mente. Durante 20
minutos continuos, la sensación de calor
es tan intensa que poco a poco las personas comienzan
a soñar con un sorbo de agua refrescante
o con una zambullida en la piscina que irá
a complementar el ritual. Además de ese
bienestar momentáneo, el sauna proporciona
una serie de otros beneficios como:
Activar las glándulas sudoríparas
provocando la transpiración, lo que provoca
una eliminación de toxinas (principalmente
el exceso de sodio y de ácido úrico)
Mantener la composición del manto
hidrolipídico, la "armadura"
de protección natural de la piel, formada
por agua y grasa. La humedad del sauna permite
que el sudor y la oleosidad emerjan a la superficie
de la piel, hidratándola.
Remover impurezas como granos o forúnculos.
El sauna abre los poros, facilitando una suave
limpieza de la piel al final de la sesión.
Provocar la dilatación de los vasos
sanguíneos y el bombeo acelerado del corazón.
Eso acelera la irrigación de las células
de la piel, dejándola más oxigenadas.
Relajar la musculatura. El calor aumenta
la irrigación hacia los músculos,
eliminando tensiones y contracturas.
Los tipos
de sauna
El sauna húmedo funciona con una gran cantidad
de vapor, producido por calentadores de agua.
El sauna seco, como su nombre indica, no tiene
vapor y puede ser calentado por electricidad,
leña, gas o aceite. La temperatura del
sauna húmedo es menor: oscila entre 45
y 60 grados. En el sauna seco, el calor es un
poco más intenso: entre 60 y 90 grados.
El objetivo es el mismo: provocar transpiración
para eliminar las toxinas del organismo.
Para los cardiólogos, si uno es "nuevo"
en esta disciplina, lo mejor es optar primero
por el sauna húmedo y hacer sólo
una o dos sesiones semanales. Ocurre que el cuerpo
necesita de al menos dos días para recuperar
la cantidad de líquido perdida (cerca de
medio litro por cada 20 minutos de sauna). No
importa si el líquido que se incorpora
es té, agua fresca o jugo de naranja.
Quien ya está acostumbrado, puede aumentar
la frecuencia y probar el sauna seco, pero siempre
respetando los límites que fija el cuerpo.
El enrojecimiento de la piel, o si la misma empieza
a presentar arrugas, es un síntoma inequívoco.
Ni hablar si siente mareos o vértigo: es
una señal de que la deshidratación
ya es excesiva. El sauna debe ser un placer. Si
provoca malestar, algo no está haciendo
bien.